Y de repente en su cabezita las ideas que ella tenía comenzaron a enredarse tanto tanto, que colapsó en un llanto desconcertante e inevitable. Una ventana, metafórica y literalmente hablando, la calmó, respiró y sonrió.
¡ Qué tanto alboroto por algo tan insignificante pero tan vital ! Un Sábado por la tarde, en el que no apreció el resplandor del sol, ni la intensidad de cualquier nubosidad. Ni sintió el frío rasgar a su puerta.
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