lunes, 6 de julio de 2009

Imaginemos, Supongamos y finalmente Pensemos.

Imaginemos que nos llega un sms.
Imaginemos que ese sms es de quien esperamos.
Imaginemos que ese remitente dice lo que queremos leer.
Imaginemos que nos comenzamos a sentir satisfechos por lo leído,
y ese sentimiento conduce a imaginar un lugar previamente idealizado.

Supongamos que en ese lugar previamente idealizado, estamos esperando a alguien (previo remitente).
Supongamos que ese alguien nos parte la cabeza.
Supongamos que esa cabeza solamente piensa en ese alguien.
Supongamos que ese alguien experimenta las mismas emociones.
y supongamos que dichas emociones aumentan proporcionalmente con el tiempo.

Pensemos que ese tiempo es absolutamente ilimitado,
lo que nos lleva a pensar que ellos sienten sin límites,
y esos no límites, en consecuencia no limitan miedos.
Pensemos que la carencia de miedos los lleva a la seguridad extrema,
Pensemos que esa seguridad-extrema- desemboca en la decisión
y por consiguiente vamos a pensar que su decisión es estar juntos.

Intentemos creer que esta especulación es llevada a la realidad,
y que valga la redundancia, la realidad deciden vivirla en compañía.


[No sé aún, a que venia todo esto]

1 comentario:

: dijo...

pues digamos que no es necesario ese por qué por cómo para qué por cuanto de rutina cuando uno habla, en primer lugar, de dejarse ir respondiendo mensajes con los ojos entrecerrados, previsualizando —antes, incluso, de enviarlo— la respuesta y lo que se dirá luego, jugando a barajar hipótesis y confirmarlas después.
no, no es necesario que vaya, venga o vuelva a algún sitio. es suficiente con dejarse arrastrar lo que dure la marea alta.